Mi 10k progresiva ¡supe poner sexta!

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La carrera sigue estando muy fresca, no puedo dejar pasar un día más para contarlo. Recuerdo cada kilómetro y los nervios pre carrera, ¡como olvidarlos!

8:28 h. Esa era la hora en la que me situaba en el cajón de salida del 10K Trinidad Alfonso. Los nervios o el no estar alerta con las indicaciones, hizo que cogiese la dirección errónea, pues mi rumbo apuntaba hacia la salida del maratón “¿Qué hago aquí?”, me dije. Cuestión de minutos para pegarme una carrera considerable y localizar mi cajón de salida, el de los amarillos. No tuve tiempo para pensar, ni de enfriarme, la carrera empezaba ¡ya!

Lo tenía en mi cabeza. “Gema, ritmo progresivo”, pero llevaba dos semanas sin entrenar, el resfriado truncó todas mis aspiraciones de mejorar, pero… tenía que intentarlo. Lo ritmos, sinceramente, estaban un poco en el aire y algo olvidados. Todo empezó con el pistoletazo de salida, pasábamos por el gran arco de salida. La fiesta del running arrancaba en Valencia.

¿Ritmo? ¿Cuándo?

¿Podré coger ritmo? Esa fue la pregunta que me estuve haciendo hasta llegar al kilómetro 4. Iba incrementado poco a poco el ritmo de carrera y buscaba esa línea dorada. “Gema, intenta seguirla y no ir mareando de un lado para otro”, de no hacerlo podía traducirse en sumar metros de más de la carrera. Llegó el momento de sentir las calles de Valencia, saborearlas. Acabábamos de dejar atrás el kilómetro 5 y llegamos a la calle de la Paz que nos daba la bienvenida con un viento que acusaba. El sol todavía no había despertado y apuntaba que no nos acompañaría. Me dije “Gema, baja”. Mi pulsómetro me avisaba cada kilómetro que pasaba y mi mirada comprobaba que lo estaba haciendo, poco a poco lograba correr más rápido. Recuerdo llegar a la Plaza del Ayuntamiento y un grupo de música/batucada (me cuesta especificar) me animó para levantar las manos y gritar: “¡Vamos!” Fue en ese momento cuando sentí que podía seguir así, recortar tiempo. Ver la Estación del Norte y pasar al lado de la plaza de Toros me hizo pensar: “Me siento bien, pero no estoy segura de si puedo subir una marcha más. ¿Podré?”

La calle Xátiva y la Calle Colón. Dos rectas que me transportaron a mi primera Maratón y la estampa no era nada parecida. Pero no me digáis por qué, pero me dio fuerzas. Me acordé de ver a mi amigo José Sucman (Betratrailrunner), que allí estaba ese día para animarme y darme el empujón que me hacía falta. Este domingo allí no estaba, pero de alguna forma me dio fuerzas. Dejé la Puerta del Mar y ya veía el Rio Turia, eso olía a meta. ¡Solo dos kilómetros! Pensé en mi entrenador Haruki y en sus series de los jueves que tanto cuestan, pero que tantas recompensas cosechan. Mi cabeza restaba metros y a la vez, mis piernas parecían entender que tenían que dar un plus más. Llegaba el ansiado kilómetro 9, ¡esa bajada que ya anunciaba que estaba todo hecho!

Llegué y…

Quedaba un kilómetro, sí, pero si estuvisteis allí, estaréis conmigo que la gente nos llevaba. Empecé a notar una sensación extraña, mi cabeza me empezó a doler y pensé: “¿El resfriado? ¿Ahora?” Pero volví a transportarme a mi pasada maratón y me acordé de ese grito de mi madre y mi cuñada que no escuche en su día, pero esa vez el grito venía de otra persona, escuché a mi pareja y su voz sonaba alentadora, me decía que apretara más y mi señal fue el levantarle un dedo de: “¡Te he oído!”, no tenía fuerzas para girarme y verlo.

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La llegada se hizo larga. ¡Vaya con el último kilómetro! Pero sabía que solo tenía que girar a la derecha y verla, ver la ansiada pasarela azul. Los aplausos eran la recompensa. Miré el crono y si os soy sincera, no me acuerdo de qué numeritos aparecían, pero sentía que lo había intentado. ¡Llegué!

Pasaron minutos para comprobar el tiempo que había logrado y mi felicidad vino cuando comprobé que, por primera vez, había logrado correr un 10k a un ritmo progresivo. No hice mi mejor marca, me quedé en 00:48:08, pero me supo a mucho.

Aprovecho para dar la enhorabuena a Laura Jorge y Olga Bru, estuve con ellas minutos antes de la prueba y lograron su objetivo. Terminaron con una sonrisa de oreja a oreja que contagia.

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Lo hicimos ¡TODOS!

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