Las series aparecieron en carrera

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En el coche, de camino a la carrera. “¿A qué velocidad puedo correr los 7,5km?”, me preguntaba. Un poco perdida. Sí, lo estaba. ¿Cogía referencias de una carrera de 6km o directamente asumía el ritmo que podía llevar en una 10k? Era mi primera carrera de la temporada tras las vacaciones de verano, tampoco tenía que exigirme tanto.

Decidí. Tomé la vía más sencilla: Mantener un ritmo de 4:30 min/km durante los 7,5km de Albalat de la Ribera, un pequeño municipio de Valencia.

¿Ya empieza la carrera?

Casi no me percaté de la salida. Tocaron las 9 en punto de la mañana y los corredores situados en primera línea de salida, avanzaron. ¿Esto quiere decir que empezamos? Entre risas se escuchaba comentar la inesperada salida. A muchos nos había pillado por sorpresa. Sonreí: “¡Toca correr!”, pensé.

Tenía referencias, aunque ambiciosas. Contaba con los ritmos de dos compañeras de entrenamiento, pero que perdí apenas superar los primeros metros de la carrera. Llegué al kilómetro 1, miré el reloj y pensé que no podía seguir así. Corría rápida, quizá no tanto para una prueba de 5-6km, pero sí para una de 7,5km. ¿O eso pretendía pensar?

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Empecé a viajar a mis entrenamientos de este verano: las salidas sin pulsómetro, el incremento de la distancia… “Gema, sabes cuál es tu objetivo de la temporada”, me dije. El pasado mes de junio mi entrenador empezó a modificar un poco mi plan de entrenamiento. Este 2018 me propuse cerrar el año con un medio maratón, volver de nuevo a enfrentarme a esa distancia que dejé apartada hace ya dos años. Fueron una ronda de pensamientos que me ayudaron a calmarme en carrera e intentar coger el ritmo que creía sería el más adecuado.

Mi táctica de carrera ‘mental’

Dejé el kilómetro 3 siendo consciente de que no sería mi carrera más rápida, pero retándome, por qué no intentarlo, a correr un poco por debajo de ese 4:30 min/km que me impuse inicialmente. Alcancé el kilómetro 5 y no dudé en decirme: “Estoy en la cuenta atrás. Voy a empezar un entrenamiento de series: 3 x 1000”. Así lo hice.

No tenía la “auto presión” de alcanzar a nadie. No me planteaba adelantar a ningún corredor/a que estuviese corriendo delante de mí, pero sí me auto retaba a no bajar el ritmo. Alguien me perseguía, sentía su respiración muy de cerca. Tan solo pasó un espacio de tiempo muy corto, para que él, el corredor de ese respirar acelerado, me adelantase.

Mi soledad no duró mucho, de nuevo volví a escuchar el sonido de unas pisadas. Mantenían mi ritmo, él o ella prefería seguirme, controlarme desde atrás.

Últimos 500m y si algún pensamiento negativo rondaba por mi cabeza, en ese momento desapareció, pues sabía que estaba llegando al final. Pero alguien más se percató de la necesidad de hacer un último esfuerzo. Era la persona que me acompañaba desde atrás, una corredora que no dudó en poner una marcha más y adelantarme.

Alcancé la última recta. Miraba al enfrente ¡quería intentar recortar esos metros que me separaban de ella!

Crucé la línea de meta y no logré alcanzarla. Pero lo hice. Me exigí, me exprimí, ¡no sabéis cuánto!

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