¡Qué pasen!

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Hace poco más de una semana de esta carrera, el Cuarto de Maratón de Alcoy (10,548 km) y sigo recordando esta frase: ¡Qué pasen! Así se lo decía a José Carlos Navalón, el marido de mi prima, con poco aliento y sintiendo que esta vez no estaba en posición de lograrlo, este año el podium no era para mí (la misma carrera, hace dos años).

La carrera empezaba a las 10 de la mañana, tarde. ¿Tarde? Me replicó mi madre, a lo que me respondió: Hija, hará menos frío, pero igualmente abrígate (exactamente se refería a que no enseñase la barriga, que no corriese únicamente en top). Le hice caso.

Empezó la carrera y apenas pasaron unos minutos para pensar: ¡Mamá, tengo calor!

Dejamos atrás el primer kilómetro y me dije: Ya lo hemos vuelto a hacer. Habíamos cerrado el primer paso demasiado rápido, al igual que hace dos años, la diferencia es que esta vez sabía que podría pasarme factura. Pero le seguía, José Carlos me hablaba, me tranquilizaba y me indicaba qué ritmo tenían que marcar mis piernas. Mi respiración me advertía que iba un tanto justa, pero tenía que intentarlo, hacer de esta carrera un buen entreno.

La bicicleta de la segunda clasificada me acompañaba y sabía que José Carlos quería que lo intentase. Pero esa bici cambió de corredora y yo de bici, ya había una nueva segunda y mi tercer puesto tardaría poco en perderlo. Así fue. Los ciclistas sobre esas dos ruedas, se alejaron hasta no poder verlos.

Bajadas y unas cuantas subidas

Toda subida tenía detrás una recompensa, las bajadas. Recuerdo especialmente una cuesta en descenso, que tras dejarla atrás nos adentraba al centro, al caso histórico de Alcoy ¡mi ciudad! Mi ritmo estaba cayendo.

Aguantamos, bajamos, relajamos… estas eran algunas de las frases que me lanzaba José Carlos, pues él sabía que nos enfrentábamos a ‘la cuesta’. Estábamos a punto de cruzar la plaza del Campus de Alcoy de la Universidad Politécnica de Valencia y ahí estaba, esa subida que mis piernas, ya pesadas, tuvieron que superar.

Campus de Alcoy

Mi ritmo descendió, en exceso, pero sabía que otra nueva bajada nos esperaba, nuestras zancadas pisarían la bonita calle de San Nicolás que nos llevaría hasta la Plaza de España. Mientras, mi cabeza pensaba que a mis piernas le quedaban unos 3 km más por recorrer e incluso, en bajada, veía como corredoras seguían adelantándome, fue entonces cuanto le dije a mi compañero de carrera: ¡Qué pasen! Ya no podía más.

Todavía no había terminado. Sabía que en el último kilómetro recorreríamos el Puente de San Jorge, ida y vuelta (con subida de regalo incluida, algo que no me esperaba).

Puente de San Jorge. Ida

Puente de San Jorge. Vuelta

¡Aprieta!, me gritó José Carlos. No pensé, mis piernas subieron las marchas que creían no tener y crucé la línea de meta.

¡Había logrado un segundo puesto en mi categoría!

No puedo pensar que llegué al 100%, no lo estaba, pero ese 00:47:43 me supo a trabajo.

Y mi familia ¡estuvo allí!

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